Menores… y una historia más.

Nos han contado muchas historias de artistas que empezaron siendo niños.

Por necesidad o por el capricho de la fama, básicamente, sabemos de esas historias de niños trabajadores, españoles, a cambio de unas monedas, en plazas, calles y locales. Algunos, con suerte (aparentemente y sin que sepamos mucho más) pasaron al cine, o a ser adoptados por familias dedicadas al teatro de variedades, y parece ser que se contemplaba una ley más permisiva. En cambio, de ninguna manera y hasta el día de hoy, la legislación nacional permite que un menor de 18 años trabaje a diario en un espectáculo nocturno. Quizá sea, esa, la gran diferencia.

Detrás de Joselito, Ana Belén y Marisol por poner ejemplos concretos, hay muchas chicas y compañeras anónimas. Hay alguna academia de ballet de Barcelona presumiendo de honradez, educación y cultura; también de Doncaster; Leeds y Manchester. Esas “escuelas de arte”, cuyo fin principal era un hobby educacional y bajo el pretexto de “ayudar a la economía familiar”, estuvieron haciendo caja, llevándose comisiones,  con las bailarinas menores trabajando a diario en nightclubs de la costa, y giras de teatros de revista. Muchas chicas engañadas, y por mucho que se quiera defender esa actividad, lo cierto es que ningún documento privado entre los padres y tutores se puede saltar la ley.  

Hay que pasar por los Juzgados, como hizo mi padre para validar un documento para algunas fechas y no para diario, cuando tenía ya 17 años. Actué en un espectáculo, muchos en realidad para adultos, antes de poder entrar en una discoteca en horario nocturno.

Mi historia relata como entre unos y otros, los implicados todavía creen que no hicieron nada incorrecto. Como algunas profesoras que van de imagen intachable se beneficiaron de las penurias pasadas por aquellas chicas, en nombre del baile. Y si quieres saber más, de lo que era trabajar de artista en los años 70 y 80, tendrás que acudir a una fuente, llamada verdad. Yo te la cuento.

Y, sin ningún victimismo, pues el tiempo no pone nada en su lugar pero te permite analizar fríamente lo que no tenía sentido, también te cuento, cómo una agresión física, con testigos, todas mujeres o niñas, obligadas a callar y mentir, con la correspondiente denuncia en el puesto de la Guardia Civil de Palamós, cambió mi vida para siempre.

No porque mi vida sea importante, por las veces que ha sucedido a tantas como yo que no han podido defenderse ni reclamar sus derechos. Por lo menos, mi derecho (la única verdad) queda escrito para vergüenza de quien todavía niega su participación y se ampara en la mentira que es muy buena cómplice de ese tiempo que distorsiona el “honor”, en lugar de asumir la responsabilidad.

Hoy hace 40 años. Cada agosto. Cada noticia. Cada mujer. Cada niña. Cada silencio.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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