Fragmento del capítulo 01 Lentejuelas, plumas y tacones.
En aquel camerino del Principal de Alicante, con la luz de simples bombillas, delante de un espejo viejo, asistente mudo del continuo deambular de toda clase de almas artísticas cargadas con sacos de aspiraciones, sueños y derroteros del azar, encajé mi llave en la cerradura de la puerta de la vida: “el poder”.
—¿Tu eres nueva no? ¿De Barcelona? —Abel, me sacó de aquellas cavilaciones—. No te he visto por El Paralelo.
—Sí. En la revista, sí —contesté, queriendo demostrar seguridad y parecer menos nueva, pero no orgullosa—, aunque tengo el carnet del Sindicato desde los dieciséis años. Me refería al carnet rosa de “Artistas de Circo, Variedades y Folclore”, originalmente del Sindicato Vertical, expedido y debidamente acreditado por un jurado de artistas consagrados, tras un examen con repertorio de ballet, español y moderno en el pequeño teatro polvoriento, añejo y maravilloso que había en una callejuela cerca del Mercado de Santa Caterina.


—Ya, tranquila —comentó sonriendo—. Aquí no te lo van a pedir, por lo menos eres bailarina, has estudiado y se te nota.
—¿Qué quieres decir?
—No todas las chicas son bailarinas —continuó—. Desde el estreno en capital hasta el final de gira, la gente va y viene, no siempre se encuentra el personal que se necesita.
—Ya entiendo. Me enteré de la audición, me lo dijeron en el teatro Victoria por casualidad —afirmé—, no conozco a nadie.
—Ahora sí —me hizo un guiño de complicidad, sonriendo—. No te preocupes.
El pequeño bar al lado del Victoria y, justo enfrente, el bar Español, tocando a Studio 54, eran los centros de comunicación de los artistas. Tradicionalmente, todos pasaban por allí, entre ensayos, viajes y funciones. Los bailarines cruzaban la Avenida de El Paralelo vistiendo las mallas ceñidas de los ensayos. Recordé a Miguel Guerrero, un camarero del bar Menorca, esquina a Cantabria, que quiso estudiar ballet en la academia. Se despidió un día, muy contento, diciendo que iba a cumplir su sueño de trabajar pues había conocido allí, en un bar del teatro, a un bailarín que lo introdujo en aquel ámbito. Y lo consiguió. «Se va a descarriar. Bailar en El Paralelo, seguro que se vuelve sarasa», sentenció el director cuando salió por la puerta. Con Miguel, que era guapo y con planta, y que estuvo un tiempo con Lina Morgan, llegué a coincidir más adelante.
Saber que no todos eran bailarines con estudios me defraudó ya que deseaba medirme con profesionales y progresar. Deseé, que mi admisión no se debiera a un recurso de última hora.
Para mi sorpresa, me quedaba por comprobar que algunas de aquellas coristas y los chicos —llamados boys— a pesar de no haber estudiado baile, eran auténticos artistas, muy versátiles, capaces de superar sus propias limitaciones técnicas. Ángel Amar, artista y director, con categoría indiscutible en España y fuera, me dejó bien claro, más adelante, cuál es la diferencia entre “ser bailarín o artista que baila”.

Este es el vestuario que usamos para el número español, posiblemente sería «Los nardos».
El día del examen se presentó un grupo de rumba y a uno de los chicos no lo aceptaron, pues solamente hacía las palmas, no cantaba ni bailaba ni tocaba instrumento. También actuaron un chico con dos chicas que interpretaron la escena «Two ladies», de la película Cabaret.

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MAGNÍFICOS Y GRANDES RECUERDOS DE LOS QUE SIEMPRE HEMOS ADMIRADO EL MUSIC HALL.
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Yo quise ser Artista y me quede en Ferroviario y Tramoyista. en mi querida Salamanca, ¡Viva la revista!
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