En mi vida hubo una etapa ambulante. “Gira» le llamaban. 5 por España para ser concreta.
Cada día, a veces dos o tres seguidos, lo máximo una semana, mi estabilidad, el refugio personal, un descanso no siempre conseguido, se resumía a una habitación de hotel, da igual el número de llave, sin televisión ni nevera (suerte del baño y las sábanas limpias) y con las emociones propias de la aventura de juventud y la incertidumbre de darlo (y dejar a todos) por un trabajo.
Si en un momento escribí que el ruido de la cremallera de mi maleta era lo más parecido a la felicidad, con el tiempo sobrevino un cansancio vital.
Seguí dejando todo atrás y sin querer arraigarme, especialmente, busqué aquello que, curiosamente, me estaba buscando a mí también. Lo conseguí.
Ahora, sin embargo, esa aventura ha desaparecido, los hoteles con grandes comodidades me parecen anodinos y el ruido de la cremallera al cerrar la bolsa es el anticipo de lo obvio; no estoy por gusto, ni por turismo ni por trabajo. Estoy porque es lo que toca, por bien de aquellos a quienes no puedo ni debo abandonar. Lo único que deseo es despedir a quien nos ha dejado, reconfortar a quienes se quedan y volver a mi casa alquilada que no deja de ser una parada más en este nomadismo tanto físico como existencial que me emplaza en la propia consciencia de vida.
El caso es que tanto antes como ahora, ese viaje es necesario. Y siempre creeré que en otra parte hay más oportunidades, más felicidad y más futuro pero menos habitaciones de hotel. Menos cosas. Menos dilemas. Y, posiblemente, menos soledad.


Si de hoteles se trata, siempre, acude a mi mente ese párrafo de la canción «By the way» de Barbra Streisand. «Las toallas de hotel, que robamos en un motel de Tennessee».
Took the towels we stole
from some motel in Tennessee
he was gone long before he really left
I knew it…
By the way he began to say: Love takes time, I’m in a hurry
Anyway that’s all yesterday
Let’s get back to us
Why worry?


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