Tres monos en un jardín

Cosas que me dejé en el tintero #01.

Estaba, yo, actuando por esos pueblos de España con una pequeña compañía de variedades, cuando me encontré, sin tener nada que ver, en medio de una situación pintoresca. Se me acerca uno de los cómicos y me dice: “por favor si te preguntan, no sabes nada”. Bueno… y ¿qué pregunta podrían hacerme?, que no fuera la solución de una ecuación, cosa totalmente inútil y estorbo que abandoné a los 15 años. Se manifiesta, en cuanto tengo ocasión, mi poca querencia por las matemáticas. En realidad, lo de las preguntas incómodas ya hacía tiempo que me estaba poniendo entre la espada y la pared de la moral propia, pues de la ajena no he estado bien servida generalmente, eso es, no decir mentiras.

¿Cómo le dices a una de tus mejores amigas que no sabes nada? Cuando a la vez, quien ella cree que él es algo más que su amante, y tiene esperanza en algo serio, está jugando a tres bandas. Efectivamente, el cómico tenía entonces una tempestuosa relación con una vedette de armas tomar…. y de dejar, eso hacían se tomaban y se dejaban según el berrinche de turno y, cosas de la estadística, una de mis compañeras de esa carretera y manta, estaba comenzando a tontear, por no decir a enamorarse perdidamente. Eso de “donde se come no se caga” rara vez se pone en práctica, y el verano estaba yendo a más y a su favor.

Por un lado tenía a la vedette iracunda, llamándome por teléfono a altas horas de la madrugada para saber a qué hora habíamos vuelto a la ciudad, cuando sabía sin lugar a duda que mi compañera de bolos era la última en bajarse del coche. Si es que se bajaba, que no era asunto mío. Lejos, del artisteo, mi amiga creyendo que el amor obra esos cambios (que nunca suceden), en la naturaleza de un señor rompecorazones, ligón por lo simpático, galante y todo hay que decirlo, con fama de una virilidad a prueba de infundios y altamente valorada.

¿Cómo no mientes a ninguna de las tres? y, ¿qué motivo práctico tienes para entrometerte? De repente te conviertes en cómplice y a la vez adquieres un poder (la información) que no deseas manejar.

Pues eso, así pasaron unos meses, mi amiga se fue desencantando del cambio esperado que nunca sucedió, la vedette imposible fue desvaneciéndose en el tiempo y, posiblemente, la compañera enamoradiza encontrara un espacio seguro entre tantos corazones rotos, teniendo tantas cosas a favor como en contra, aunque particularmente nunca fui testigo de ese romance.

Menudo compromiso, no traicionar al compañero ligón y, a la par, tener que ser leal a «las mujeres», repetirme en una ignorancia que ninguna de las tres se creyó. En cuestiones de amoríos faranduleros son, estos, unos cuchillos de doble filo. Siempre hay alguien entusiasmado y alguien enfadado. Cualquier testigo sobra y tener que serlo, fue un compromiso meramente personal, queriendo quedar bien sin mentir, mordiéndome la lengua para no entrar en terreno tan pantanoso.

Unos años más tarde, ni vedette, ni amiga ni compañera a la vista, el mismo cómico me llamó para quedar en Barcelona. Yo no tenía pareja. Pensé por esa candidez que me caracteriza, todavía, que era cuestión de trabajo. Ya se sabe, los ballets de Varietés son a menudo dependientes de una cabeza de cartel sea vedette o humorista más que del propio empresario teatral.

Me dijo: “oye… que si te apetece…así sin compromiso como una diversión… ”. Ante tan sorprendente propuesta no dudé en responder: “Teniendo en cuenta que tienes un gusto magnífico por las mujeres, me siento halagada, pero querido, mejor quedamos bien como siempre y no nos liamos en algo que no lleva a ninguna parte estropeando una relación de respeto y cariño”.  

Aun así con esa calabacita dada, de cuarentona curada de espantos, no se lo tomó mal.

Me volví a casa, Salou entonces, convencida. Lo que no tiene que ser, no es. Y lo que es, cuantos menos testigos haya y más compromisos de este tipo se eludan, mejor.

Ignoro si alguna de las tres conoció la aventura de sus réplicas sentimentales, quiero creer que mejor que no. Como poliamor sería un buen ejemplo, solo que este tipo de querer es conocido y consensuado…. Si tanto me pidieron callar, algo de eso no sería.

Esto me trae a la memoria, de tres en tres, lo de la escultura de madera de los monos sabios «San saru» de Hidari Jingoro.

No es tal y como la voz popular recrea: «oír, ver y callar», eso es mucho aborregarse frente al sistema, precisamente, el no comprometerse. Se le atribuye cierto código moral y budista, en algunos aspectos, de «no ver, ni decir ni oír maldad» por un lado, aunque personalmente, soy partidaria de «decir, escuchar y ver» todo lo necesario para combatir mis monstruos preferidos: la injusticia y la falsedad que con la cobardía casan a la perfección.

De todas maneras, lo más difícil sigue siendo no juzgar, otro jardín ese que necesita de algo más que buena voluntad. Jamás hubiera imaginado que el tal humorista tuviera un interés en mí, ya lo cantaba Pedro Navaja: » Sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas».

Añado, «las vueltas dan mucha vida». Como el amigo cómico es muy querido, tanto como las chicas relacionadas en esta anécdota pícara, no voy a pecar de indiscreta. A lo mejor sucede, que «hay amor para todos».


Descubre más desde Memorias de una Corista

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

Deja un comentario