Fragmento del capítulo 05 Revisitando Colsada.
No queriendo creer en aquello de que no hay dos sin tres, y con la mochila de plumas blancas, choqué con un escalón de canto por el poco espacio. Me hice un considerable esguince en los ligamentos externos del tobillo, por lo menos de segundo grado. En este oficio aprendí el lenguaje de mi cuerpo pidiendo cura. Una vez diagnosticados, diferenciados, el dolor de una rotura de fibras y de un golpe con hematoma, edema y demás anotaciones médicas, no se olvidan. Acabé, disimulando y con la suerte de no estar en primera fila.
Ya en el camerino, una de las compañeras le pidió a Inés que trajera una bolsa de hielo. Quise pagarla y no aceptó el dinero. El pie parecía de plomo, ni cremas ni vendajes sirvieron. No pude actuar en la función de tarde y me mandaron a casa por tres días. Al irme, puesto que me costaba caminar, me senté en platea, al fondo, a ver unos minutos de función. Tuve dos sentimientos, uno muy repetido a lo largo de los años: «lo conocido, visto desde fuera, sin pasión». Y el otro, «lo prescindibles que éramos los bailarines», carne de cañón, nadie diría que ayer allí, en mi posición, había una chica. En aquella abstracción, contemplando a mis compañeros, quién vendía, quién marcaba, llegó el huracán Nell.
—No puedes estar aquí —soltó de manera agresiva.
—¿Por qué no? ¿Quién lo dice? —respondí harta.
Aquella amiga, a quien, la helada y lluviosa mañana de viajar a Baqueira, cedí un guante porque ella no tenía, mientras nos dábamos calor apretujadas en un Seat 124, era una déspota.
No me quedaba afecto, ni tolerancia por su afición a amargarme la vida.
—Lo mando yo, ¡márchate a tu casa! —gritó sin importarle la presencia del público, sorprendido.
—¿Algo más que añadir? —respondí indignada—. You really piss me off… ¡Mala capitana! ¡Mala compañera!
La castigadora siguió erguida, impávida. Me levanté arrastrando el pie como un peso muerto. En el vestíbulo se me acercó, solícito, un hombre para ayudarme a llegar y me abrió la puerta. Salí a la calle, paré un taxi al borde de la acera. Mientras el conductor daba la vuelta, en la gasolinera de la avenida, para ir en dirección a plaza España, miré la fachada colorida del Apolo. De camino al apartamento —mis taxis y las reflexiones filosóficas— contemplé la vida normal de la que había huido. Gente paseando, las madres con sus niños de la mano, otros correteando, parejitas enamoradas, el verde de los árboles, ancianos riéndose, los comercios, la luz preciosa de una tarde de primavera. Era una presa extrañada sin saber qué hacer en libertad. Tomando los imprevistos y las vacaciones como un paro forzoso. Vivir al día, como mercenaria, ¿a quién importaba que pusiera el corazón? Para eso estaba luchando, trabajar cuando los demás se divertían, descansar cuando los otros trabajaban. El lunes, ese día odioso para muchos y maravilloso para mí. La noche sin pausas y el día sin prisas. Cada vez que tuve una duda sobre si seguir, cambiar o abandonar, recordé ese día.
La gente me decía: «¡Oh!, bailarina, ¡qué bonito! ¡Qué suerte poder trabajar en lo que te gusta!». Así, tocada por la fortuna, tan apropiada y digna, manteniendo la sonrisa de quien llega a esta profesión y se mantiene, pensaba yo: «¿Qué sabréis vosotros de lo bonito y de lo feo?», a medida que despellejaba, para mis adentros, la fantasía de tan ilustres y foráneos interlocutores. Pero no podía negar que me iba realizando como artista y como mujer. Lo antepuse a todo, mi trabajo: mi amante más anónimo, veleta, ingrato y tirano.

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