Bilbao, la dolce vita y el Naranjito.

Fragmento del capítulo 03 Una maleta abierta sobre la cama.

En la fiesta, me di cuenta de algo más, mi entonces amigo, Vicens, nunca se recuperaba de sus dramas amorosos. Además, su autoestima estaba seriamente dañada tras el rechazo de un injerto de su operación de nariz que le realizó el doctor Jover, amigo de mi peluquero Isaac de la calle Guipúzcoa. Para acabar aquella tragedia itinerante, sólo le faltó formar un dueto con Pepe, su “muleta” anímica, —sospeché que interesada— que le había hecho adquirir un descaro chocante, llegando a ser muy insolente. Un constante goteo de malicia con ellos, en modo “estéreo”, era demasiado. Y eso era más preocupante que la tontería del vestido, pues con la chica no había hostilidad y se le pasaría el rebote. En cambio, el rollito jefe-compañero, era para tener en cuenta y comprendí que no debía despistarme.

En el mes de agosto viajamos en compartimento de literas, en tren, a Bilbao. A Tiffany’s. Durante la estancia conocí a un guapo e interesante Mariano Vázquez, con quien me une una bonita amistad, a Eugenio y Beatriz Carvajal, y a Joe Luiz y sus muñecos (se llamaba José Luis, pero por un asunto de patentes a favor de J. Luis Moreno, tal como él contaba, no podía usar su verdadero nombre). Se celebraban los Mundiales de Fútbol. Hasta entonces me costaba un poco intimar, aunque tenía buena fe y predisposición. Me solté, interesada por vivir aquellos ambientes irrepetibles en Bilbao. Noté un notable avance, empezando por un personaje muy conocido “La Charcu”, el propietario de Harry’s Bar. Si tuviera que describirlo, podría parecerse, pero más delgado y menudo, al actor Robert Preston —con estilazo— que hacía de protector de Julie Andrews en Víctor o Victoria. Tuvimos una relación muy divertida, acudiendo a su local,  con Marcos y “La Otxoa”, José Antonio Nielfa, artista e icono de la ciudad, que se hiciera famoso con su himno “Libérate”.

‘La Otxoa’ me había presentado a Marcos y nos hicimos amigos. Éste se sentaba en el mismo sitio todas las noches durante nuestro espectáculo. Cuando yo interpretaba mi “New York, New York” usaba un bastón que le dejaba hasta acabar la canción y recogerlo. Él me hacía un guiño y nos reíamos. En el segundo pase, hacíamos la canción “Si me faltas tú” de Josephine Baker. Marcos y yo comenzamos a quedar, entre pases, tomaba una bebida y bailábamos el famoso y pegadizo “Da Da Da Ich Lieb Dich Nicht”,de Trio. Ese fue el motivo de que Vicens, espiándome entre las cortinas, justo antes de pisar el escenario, con el consabido tema tropical  “À Bobino” también de la Baker, me llamara «puta». Me descolocó y no quise consentirlo. Tenía que sonreírle en escena y no iba a quedar así. Cuando volvimos al camerino, le tiré encima todo lo que encontré a mano, la coctelera con dos docenas de cubitos de hielo que usábamos —truco de Elsa— para conseguir los pezones contraídos antes del número de toples, varios zapatos, un cenicero de vidrio grueso, que estalló en el suelo… No me importó si aquella reacción era profesional o no. Al día siguiente, naturalmente, Pepe me llamó a la sala conminándome al orden. Vicens y yo estuvimos unos días sin hablarnos, y tuvo que pedirme perdón. Ya no volvería a ser lo mismo. Agotó la amistad.

Marcos no fallaba ni una noche. Solícito y exquisito, manejaba dinero, mucho. Sus influencias no se circunscribían solamente a Bilbao. Le debo lealtad, pues con él adopté otra forma de entender la próxima madurez y rompí el cordón umbilical de las relaciones de trabajo, a veces tóxicas por lo cerrado de un ballet pequeño. No todos nos teníamos que querer. También con distintos acompañantes y amigos de Elsa, íbamos a Borsalino y a otros locales donde para entrar tenías que enseñar el D.N.I. Entre unos y otros, la gente de Bilbao me pareció genial. Mi existencia, muy dolce vita con un significante sello olfativo; la fragancia Ô de Lancôme. Pasaba la mayoría del tiempo con Marcos y era una locura. Procesión interminable de restaurantes, boutiques, peluquerías, todos amigos suyos, con clase innegable. Y me gustaba. Horas de acostarse más allá de las diez de la mañana, a veces, en su apartamento de El Arenal, otras, rendida, a reponer fuerzas en mi habitación compartida con Emma, en el piso que la empresa nos había facilitado. Vivir en Bilbao había sido una fiesta continua.

Abandonamos la ciudad aquel verano, con el tiempo justo de pasar por casa y cambiar de ropa. Eso era vivir entonces, una maleta abierta sobre la cama, como si acabara de llegar o estuviera a punto de marcharme. Por mucha añoranza de mi familia y mis amigos, descubrí que el sonido de la cremallera y el agobio porque la maleta estaba demasiado llena y no cerraba bien, a punto de salir para un pase en la sala o un viaje, era lo más parecido a la felicidad.

MEMORIAS DE UNA CORISTA Carolina Figueras Pijuan AUTORA

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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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