Fragmento del capítulo 07 El espectáculo debe continuar.
En aquel año, hubo un claro y apabullante triunfador, la revista ¡En vivo! de Andrés Pajares y Fernando Esteso, en gira con el mencionado Teatro Argentino, dirigida por Mariano Ozores, con música de Fernando García Morcillo. Los dos cómicos vivían en sus lujosas caravanas en el mismo recinto y se decía que hacían millones cada día.
Vi su espectáculo y saludé a los bailarines. Uno de ellos se dirigió a mí muy eufórico: «¡Ana! pensaba que estabas en Madrid». Yo, me reí: «No has acertado nada, me llamo Carol y soy de Barcelona». El chico me explicó lo mucho que me parecía a su amiga, también bailarina -de ahí la confusión- y me quedó la curiosidad, por aquel caso de Doppelganger.
Una tarde, antes de la función, vi a Ricardo Ferrante cruzar nuestro escenario, se paró a saludar a Ángel y yo estaba a su lado. Se dieron un abrazo, efusivo, eran viejos conocidos. A continuación, se dirigió a mí: «Hola, ¿qué tal? ¿bailas aquí?», le respondí que sí. «Bien, bien y ¿cómo te llamas?». Le dije mi nombre y no hice nada para que me reconociera. Fue la última vez que lo ví en persona.
La noche siguiente al final de la función, el empresario y representante de aquella gran revista, el señor Ortiz, estaba esperándonos a Amanda y a mí para ofrecernos un contrato inmediato en el ballet The Haley Star Dancers. Educado y sin preámbulos, no me había sucedido antes que un competidor me quisiera contratar, así, delante de las narices de la empresa. Era a la vez halago y compromiso. Una buena forma de aumentar el sueldo y me brindaba la ocasión de conocer el círculo de Madrid con más oportunidades.
Amanda escuchó, tomó su decisión, respondió y se fue. El señor Ortiz, insistió mucho para que me lo pensara y dejó caer que podría mejorar mis condiciones, destacar, salir del conjunto. Confieso, que no quería marcharme quedando mal. Tenía un fuerte sentimiento moral hacia las personas con quienes trabajaba desde que decidimos continuar y salvar la gira.
Hubiera sido divertido, bailar con Ferrante… como si de la primera vez se tratase. Y terapéutico, kármico, sin querer banalizar sobre eso, decirle a mi empresario que su bailarina de Barcelona, que para él valía menos, tenía una oferta mejor, y darle un plantón. Pero yo no era —sólo imaginaba que podía llegar a serlo— superficial, vengativa, egoísta e interesada.

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