Háganlo bien, no como siempre…

Fragmento del capítulo 06, Luces de neón.

Una noche me avisaron de que alguien preguntaba por mí en la puerta de artistas. Al dirigirme, curiosa —flores y joyas no iban a ser, aunque teníamos algún inquietante apuesto y habitual en el público— me encontré con la compañera del ‘tripi’ que se marchó el día que le dio la gana y sin preaviso. Sin preguntarme cómo estaba me pidió trabajo. Le respondí que no había vacantes pero que me aseguraría en la oficina. La empresa tomaba muy buena nota de quién quedaba mal. Cuando le comuniqué que no podía ser, se enfadó conmigo, insistiendo sobre la posibilidad que tenía de “enchufarla”. No era así. Al igual que ayudé lo que pude, tuve que ser muy prudente en cuanto a quién y el motivo de poner la mano en el fuego, cuando otras veces di la cara y me la partieron.

En el Apolo, con permiso de Mercedes Allepuz, pasé muchas horas en los almacenes de arriba, grandes estancias de madera, rebuscando ropa que podía aprovecharse, prendas marcadas por dentro, con tinta, con nombres de antiguas coristas y vedettes, algunas muy famosas. 

A falta de estampas glamurosas para los amantes del género, más de una vez tuve que mediar entre dos de las chicas, no mayores de diecinueve años. Alguna vez se quisieron zurrar, pues compartían habitación. Una de ellas, aparecía con el mismo maquillaje de escena del día anterior cuarteado y sucio. En el camerino seguían con su pelea, en bucle. Tenía su miga porque sólo buscaban gresca en el teatro siendo inseparables para salir de fiesta. Mucho se ha hablado de esos ambientes cerrados, conflictivos, extravagantes y pintorescos del music hall. Yo, pensaba que los celos y la envidia eran sarampiones que podían pasarse en un momento puntual con un poco de coherencia y sentido común.

El teatro no dejaba de ser un recinto de “médiums”manifestándose, la obligación de convivir, podías ir al cine y a comer “bien”, tener unos días de descanso. Las vacaciones eran un paro forzoso. Si había una cosa clara es que la intensa y cambiante vida íntima del teatro, con sus aspectos buenos y otros no tanto, siempre te acababa absorbiendo en “su realidad”. Un continuo equilibrio en la cuerda floja.

La entonces llamada Avenida Marqués del Duero, ahora Paral.lel, comenzaba cerca de las Atarazanas y giraba en una esquina, allá por Zaragoza. La revista, ya que más adelante conocí otras compañías, daba para muchas anécdotas a recordar, como las peripecias vodevilescas explicadas en el libro Memorias de un amante sarnoso, de Groucho Marx.

La mayoría de los personajes y estereotipos encontraban ahí su minuto de gloria o pena y no siempre su merecida o relevante atención. Algo inherente a aquellos cuerpos de baile en el music hall, eran los roles asumidos, los patrones. En todos los ballets había una persona chismosa, una demasiado ingenua, la desordenada, un problemático en busca de estrellato, alguien con un talento sobresaliente y a la contra, el torpe que gracias a un coro grande y tupido se iba camuflando. Cada vez que se formaba compañía, las personalidades emergían espontáneamente, según las circunstancias. Entre todos esos clichés, previsibles, también estaban los aficionados al alcohol y quienes usaban poco la ducha.

Muchas veces vi las gotas de sudor y del cabello mojado como destellos, saliendo disparadas, en la evolución de una pirueta, muriendo a contraluz de los focos frontales. Con la fuerza de un giro, y en días de resfriado, saltaba algún moco, y con el asco que nos daba, reíamos aún más, resultando muy difícil mantener la compostura, bailar y sacudirse el moco de la compañera, allá donde hubiese caído. Así se salpimentaban las funciones, especialmente, las de la tarde. Podía suceder que se rompiera la correa de un zapato y pasar todo el número intentando no perderlo, algún tropezón, el llevar una percha de la ropa colgando por detrás de la falda o que se desabrochara un sujetador, con el consiguiente susto y regocijo del respetable en plena coreografía. A menudo el público, señalando y riéndose, nos hacía entender que pasaba algo fuera de lo normal. Lo íbamos arreglando sobre la marcha, riéndonos, eran accidentes y travesuras de los duendes.

Sería allí y sólo una vez en mi vida, cuando el regidor, Carlos Salgado, un hombre pletórico, divertido y gran profesional que siempre nos decía antes de subir el telón: «Señoritas, háganlo bien, no como siempre», nos avisó demasiado justo y llegamos la mitad de las chicas, subiendo cremalleras, corriendo y tarde, al número español que había montado, expresamente, Queta Barceló para Tania. No hay peor sensación que la de llegar tarde a escena.

Mis compañeras inglesas se hacían enviar desde su casa, maquillaje de Sant Michael. Tenían el detalle de regalarme, cajitas y lápices. Los artistas de El Paralelo iban sacándole partido a la noche con sobresueldos, como Pau, bailarina del Arnau, vendiendo unas sombras de párpados, muy espectaculares, teatro por teatro. Yo tenía por costumbre usar las de Margaret Astor, que se fijaban muy bien pero era inevitable encapricharse con aquellas “pinturas de guerra”. Algunas vedettes, también vendían ropa.

Colsada, Revista Deseada 1985, Teatro Apolo Barcelona

MEMORIAS DE UNA CORISTA Carolina Figueras Pijuan AUTORA

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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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