Fragmento del capítulo 04 Ciudad Solitaria.
Bailarinas, strippers y prostitutas.
Con Jennifer Lee se ensayaba a gusto, era una gran profesional ocurrente y con chispa, afectuosa, digna de aprecio. Viajamos a Zaragoza. Allí estaba la bohemia expectante, alojada en una pensión de la calle Cuatro de Agosto, esta vez, en una habitación compartida con dos chicas cantantes. Al cuarto día recibí una alarmante llamada de mi madre, pidiéndome que volviera rápidamente a casa. ¿La razón? Pepe H. que nunca había tenido vergüenza por ser un mal pagador o esconderse cuando mi madre le solicitaba el pago del vestuario que le había realizado, tomó un atajo ruin en su necesidad de venganza. Le había asegurado que me estaba prostituyendo. Tal cual. Me indignó aquella mentira y le llamé, enfurecida, exigiéndole que pidiera perdón a mi madre por semejante bajeza. Se atrevió a responderme que el contrato se lo habían ofrecido a él con alterne y el extra “que surgiera”. Yo ya había tirado de la anilla de la bomba que llevo a mano ante la injusticia.
—¡No! Puede que te lo ofrecieran a ti, pero ¡no es lo que hago yo! —le grité dispuesta a defender a mi familia y hacer respetar mis decisiones—. No tenías derecho a hacer esa llamada a mi madre y no quiero saber nada más de ti —colgué, creyendo que me desvinculaba de él para siempre. Aún tenía mucho que aprender del “nunca digas nunca”.
Esto no es un juicio posterior. Y tampoco es otra calumnia lanzada contra un difunto. Por lo que viví en Conde Santa Clara y no quiero contar, algo muy íntimo y perteneciente al absoluto silencio de sus huesos, se explica su carencia de amor. Pepe fue una caricatura de sí mismo, humano al fin, con las herramientas o falta de ellas para enfrentarse a las emociones. La compasión que pudiera sentir hacia él no ha cedido ante sus actos, injustificables. Ya era la segunda vez que mi madre sufría por una mentira para herirme y desprestigiarme. Aquello me demostró algo que el tiempo me repetiría de vez en cuando: personas a quienes ni ofendí ni fallé, incluso que ni conocí ni coincidí, no me perdonaron no sé el qué.
Aquello era una adulterada y mala imitación de L’Envers du Music-hall, de la deliciosa Sidonie Gabrielle ‘Colette’, de principios de siglo. Lejos del barniz de una época vintage, me tocó la realidad —por mucho que me avisaran y poco caso hiciera— de conocer un ambiente hermético y rastrero, en esa maraña de intrigas a lo Borgia que era el espectáculo, en manos de unos pocos, de aquella Barcelona ochentera. Ante la susceptibilidad —herida o no— de aquello que tanto se dice: “Cada cual cuenta la feria como le va”, en esta carrera lo que importaba era el fondo y, por supuesto, la forma, mostrarse siempre maravilloso, invulnerable e incluso fatuo, por más putadas que todos, incluidos quienes no las admiten, tuvimos que superar. Lo de la folclórica con sus “dientes, dientes que eso es lo que más les jode”, viene ya desde los inmemoriales tiempos de la tragedia griega. Era cierto que en el nightclub Aída, había strippers, la mayoría asiáticas, que hacían alterne. Ya me avisaron al llegar que algunas hacían extras de esa índole. Ellas no tenían nada que ver con el grupo de Bolívar ni conmigo. No iba a juzgarlas. No daban problemas y tenían un trato correcto. Escuché la historia de un coreógrafo que se enfrentó a unas en una sala de Valencia y al día siguiente se encontró con todo el vestuario roto por los suelos. Los sueldos de los trabajadores en las salas de fiesta, y nosotras lo éramos, siempre se han pagado con las consumiciones. La principal misión de las strippers era aumentar el gasto en bebidas aceptando invitaciones y alargando la charla. De todas maneras, ninguna chica a quien se preguntara en qué trabajaba, en cualquier ciudad o club, iba a decir que en el alterne o como prostituta, todas decían que eran bailarinas.
Con el horario del espectáculo, tenía mucho tiempo libre de día. Paseaba por la ciudad, descubría sus rincones con encanto, me gustaba porque era fácil de transitar. Una tarde al pasar delante de un bar del Tubo, vi, en una mesa que daba a la cristalera, a Lindsay Kemp con David Haughton. Me encantaban sus obras, había visto Salomé y El sueño de una noche de verano. La tentación era fuerte y me decidí a entrar. Los saludé. Lindsay se levantó de su silla, cómico, y me abrazó efusivamente como quien se encuentra con un viejo amigo, aunque no nos habíamos visto jamás. Me invitaron. Al cabo de unos minutos de charla me pareció bien despedirme y Lindsay me prometió una entrada de platea —que guardo— a mi nombre en el teatro Principal. Al día siguiente la recogí para ver la función de tarde. Me recibió en el camerino. Le regalé una preciosa orquídea a sabiendas de que iba a hacer tambalear mi escueto presupuesto semanal. Él muy cariñoso, cogió un gran póster de la obra Flowers, escribiendo: “Amor de Lindsay”, aderezando el autógrafo con estrellitas y corazones. Qué cosas, el famoso coreógrafo y mentor de David Bowie, no sólo me hacía dos regalos personales, también me dio su teléfono y dirección de Barcelona. El póster se desintegró la última vez que lo toqué hace dos años, aunque tengo fotos de cuando estuvo enmarcado en cristal.

El show era ameno y ágil, los números me obligaban a superarme, comenzábamos con “Bailando”, de Alaska y Dinarama, con un maillot dorado metalizado. Luego, “Everybody salsa”, de Modern Romance, con unas capas y un gorrito, todo con muchos volantes a juego y un biquini de lentejuelas nacarado. También, “Gonna fly now”, de Rocky, con unos maillots de estampado cebra anudados al cuello y unas botas negras por encima de las rodillas;“Magic Night”, de Village People, y “Steam Heat”, en la versión de The Pointer Sisters, con unas camisolas negras transparentes con motivos bordados en plata, sobre maillots, a dúo con la capitana del grupo que era muy competitiva. Era un aliciente porque no apetecía nada bailar con gente gandula o floja. No tenía soltura con el inglés y un poco cansada de que en los ensayos se detuvieran para traducirme cada explicación, pedí que se continuase en su idioma. Los casetes de música inglesa, algunos cuadernos de ejercicios que me compré para refrescar lo aprendido en la etapa escolar, algunas novelas y la voluntad de “pillar al vuelo” las instrucciones durante los ensayos, fueron, en conjunto, una sabia decisión que mucho iba a servirme más adelante. No hubo más risitas con las pausas y comprendía los playbacks que interpretaba. Para acabar, una mezcla orquestal, “Ciao, ciao bambina” y “C’est si bon”, con uno de mis temas preferidos de Adolfo Waitzman, el final instrumental de Esta Noche Scala. Aún me emociono al escucharlo por todas las sensaciones que me trae. Mientras escribo, he ido a buscar la cinta. Recuerdo fragmentos de la coreografía. Automáticamente, me viene esa actitud elegante, diría —sin pretender altivez—, superior. Aquí llevábamos unas pelucas afro, unos broches de pedrería en los brazos, sujetos con elásticos de color piel y un biquini negro con más pedrería y botas con broches.
Compartíamos escenario con el único hombre de la plantilla, Carlos Torres, un humorista especializado en imitar sonidos que, hábilmente, introducía en sus guiones. Nos hacía reír en los camerinos. Parecía que al fin había encontrado el camino, el show era mejor y el sueldo, también. Seguía, eso sí, sin una relación afectiva en condiciones.
Comiendo un plato combinado ya tarde, en la cafetería del edificio Aída, donde nunca vi chicas solas, se me acercó un chico risueño
—Hola, ¿trabajas por aquí? —me preguntó.
Yo le respondí que sí, claramente como bailarina, justo en la sala de al lado. No sospeché que fuera un desconsiderado empujado por la curiosidad propia o de amigotes menos atrevidos, teniendo en cuenta la popularidad del local. Era muy formal y le invité a sentarse conmigo. Me habló de su trabajo en una oficina cercana. Le conté que había llegado de Barcelona. Fue simpático, charlamos agradablemente y pronto nos despedimos. Me pareció distinguirlo, apoyado en la barra, durante el show, un par de noches después. No creí que estuviera por mí, aunque desentonaba un poco entre la típica clientela. Dado que necesitaba gafas para ver a cierta distancia, el no llevarlas me hacía un poco más distante o despistada. Saludó con la mano en mi dirección. Pues sí que es él, pensé. Me acerqué a verlo en nuestro descanso, cuando actuaban las strippers, y hablamos un poco. Tomamos café alguna vez más, coincidiendo a primera hora de la tarde. Un chico educado, sencillo y cálido.
(Tendrás que comprar el libro para saber, cómo un robo dio paso a un romance, inolvidable).

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Hicistes muy bien….
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