Fragmento del capítulo 09 El camino de baldosas amarillas.
Mi padre fue mi primer agente artístico, cuando yo tenía 8 años. En primaria, estudiaba en el Centre d’Estudis Montseny. Un día llegué a casa muy contenta. Se iba a representar una canción en el festival de fin de curso y me habían dado el rol principal. A medida explicaba de qué iba la escenificación a mi padre le iba cambiando la cara para acabar diciendo: «No vas a actuar».
Me disgusté. La pantomima en cuestión era una escena basada en una canción popular, tocada por “Los Pekeniques”, que decía así:
Ya se murió el burro
de la tía «Vinagre»,
ya se lo llevó Dios
de esta vida miserable.
Que tururururú,
que tururururú,
que tururururú,
que tururururú.
El gran papel, de mi carrera teatral, era el de burro. Tenía que permanecer, con grandes orejas de cartulina, sentada y tiesa, mientras los críos, sollozaban en el funeral, sin poder evitar el reírse, creo yo, más por vergüenza, de aquella charada, que por mí.
Mi padre, conocedor del paisanaje local y de la sensibilidad que me caracterizaba, quiso evitar a toda costa que la cosa fuera a más, que iría seguro, acabado el festival. Había que ver la estupefacción de la profesora, cuando tuve que comunicarle: «Mi padre no quiere que haga de burro, dice que lo haga usted».
Ni qué decir tiene que en aquel tiempo, ningún progenitor se inmiscuía en las actividades del aula. Nunca le agradeceré lo suficiente a mi padre, hombre humilde, hijo de la guerra, aquella negativa.
La profesora escogió a otra víctima, para su ridícula creación, en mi lugar y así comenzó el aprender a decir “no” o lo que sería, entre profesionales, elegir guiones. Esto llegó a convertirse en un conflicto vecinal, ya que le adjudicaron el «honor» a un niño de mi escalera, de apellido Ros, cuya madre no dudó en reclamar que si la Carolina -que era la elegida- no lo hacía, su hijo tampoco. Pero aquel niño lo hizo. Una cosa era la veleidad ocasional y otra muy diferente que alguien se tomara a guasa a la maestra.
Ahí queda patente otro hecho singular; si esta niña quería algo, lucharía por ello con todas sus fuerzas… y si, como posteriormente en la vida adulta, no había tenido tiempo de desear, no le interesaba… y a los demás, conocedores de su escaso -por tanto sospechoso- anhelo, tampoco. En cambio, lo que quise, saltándome la ley y salvándome de sus trampas, fue codiciado por quienes me subestimaron, queriendo apropiarse, sin conseguirlo, de cualquier objetivo que me propuse en este azaroso y fascinante camino que iba a depararme más éxitos que frustraciones y decenas de estrenos más afortunados.

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