Lo del topless

Fragmento del capítulo 07 El espectáculo debe continuar.

Era diciembre de 1985, Cati me avisó de que en la compañía de Bibi Andersen, emplazada en el teatro Victoria, organizaban un casting porque una de las bailarinas, Beverley Rolls, marchaba como “secretaria” al concurso Un, dos tres. Fui al teatro a preguntar y, Jacqueline Sullivan, la capitana, simpática, salió a tomar un café conmigo. Me estuvo interrogando y después llegó Javier Serrano, gerente y máximo responsable, invitándome a ver la función de tarde. Tomé asiento en la fila trece, a la izquierda, junto al pasillo, para contemplar un espectáculo mucho más moderno de lo que había conocido. No tenía argumento ni escenas de sketch porque era un formato de sala de fiestas. Bibi, dos humoristas: Javier de Campos y Miguel Caiceo, conocido posteriormente como ‘Doña Paca’ en Telecinco, y el mago Elysée, con su pantera negra. El diseño de vestuario era de Pedro Moreno y realizado por Ana Lacoma, Amparo Coll, Gerardo y Toni, Maribel y Menkes. De este último, también los zapatos, los sombreros eran de Angelita, los decorados, de Javier Serrano sobre bocetos de Gerardo Vera, realizados por Enrique López y los Hermanos Salvador; las cortinas, también de Enrique López y Emilio Ardura; el diseño y equipo de iluminación, de José Luis Rodríguez, quien dejó al cargo a Ángel Palomino; la producción musical, de José Gea para Sintonía S.A.; el equipo de sonido, de Jordi Morell con su técnico Ferrán Baulo; y el regidor, Juan Rey.

Me citaron para la audición con Penny, ex bailarina de los programas de Lazarov y auxiliar de Giorgio Aresu, el coreógrafo titular. Hice la prueba sola. Otras dos chicas se presentaron en horario distinto. Penny estaba molesta por tener que viajar desde Madrid para, según ella, tan pocas bailarinas. Tampoco era un contrato llamativo, ya que viajar ocasionaba quebraderos sentimentales y económicos, pues los gastos de alojamiento y alimentación los asumía cada cual. Al cabo de dos días Javier Serrano me llamó para contratarme. Estuve tres días ensayando con Jacqueline antes de la función de tarde. El cuerpo de baile se llamaba Diferente. Y tanto.

Una noche al salir por el hall, me encontré con mi querido Máximo Hita. Había estado viendo la función. Fue un momento de sorpresa y alegría. Creo que mi amigo se dio cuenta de que en aquellos cuatro años sin vernos, había camuflado la inocencia y espontaneidad que me caracterizaban. Queriéndole tanto, mis emociones se mantenían a resguardo. Era el aflorar de la dureza, por mucho que quisiera abrirle mi corazón tocado pero no hundido. No puedes resumir todo lo vivido y sentido en un encuentro, ni en dos, no debes hacerlo, y ¿qué tendría que contarme él después de tanto tiempo alejados? Todos cambiamos mucho. Este viaje no te permite acarrear un gramo de lastre. Fabricas un sumidero de quita y pon, místico, donde vas tirando todo aquello que te ha llevado a convertirte en otra persona. Es catártico, con dolor y gozo. Todo eso se comprende entre iguales con una mirada, la que conlleva la soledad.

Después de la tradicional función de Fin de Año, el día 1 de enero fui la primera en entrar a los camerinos. Pasando por delante del cuarto de costura, con la luz encendida y escuchando un leve ruido que atribuí al novio de Paquita, y dije hola como siempre. Estaba maquillándome, empezaban a llegar los compañeros, cuando oí voces alteradas en la platea y salí apresuradamente. La sastra entraba llorando. Alguien más la seguía intentando consolarla. Cuando llegó a los camerinos y pudo hablar, sofocada por el llanto y los nervios, nos contó que la noche anterior, había ido con su novio a la sala de fiestas Emporium y, cuando se despidieron, quedaron en verse por la mañana en casa de él. Entonces, la buena mujer entró en el piso y lo encontró vestido con el esmoquin, tumbado sobre la mesa del comedor donde se suicidó abriendo el gas. A pesar de lo siniestro y dramático del momento, no pude por menos que mirar de reojo al cuarto de costura, donde hubiera jurado que sí había alguien cuando saludé.

Mi familia no asistió a la función de Una noche con Bibi. Lo iba retrasando con excusas y tuve que confesarle a mi madre que hacía toples. Ella, decepcionada, respondió: 

—Concha Velasco y Lina Morgan no lo hacen.

—No soy Lina Morgan o Concha Velasco, soy una bailarina, no una vedette, y no hay más de momento. Es el mejor sueldo que he tenido y esto no es indecente. 

Por no mentir, me decidí a no decir toda la verdad a mi padre. Admitirlo, pues ya me había puesto mala cara en la playa, hubiera sido darle la razón de aquellas luchas juveniles sobre la decencia de las artistas y ocasionar un gran malestar familiar. Como ha ocurrido con otras tantas artistas en el Arnau, Scala, el Molino y Belle Epoque, no siendo un desnudo sexual o vulgar, creaba disgustos si la mentalidad era tradicional. Siempre se ha considerado un pretexto estético con unos vestuarios que realzaban la belleza a una distancia y en determinadas escenas. Fue una batalla que no estaba dispuesta a librar y me suponía cobrar el doble que con Colsada, sin tener responsabilidades. Justificarlo, resultaba inútil. Por fortuna no era la única mujer, en la playa y el teatro, liberal, con dos tetas y solamente dos, “mandando”, que se decía mucho. 

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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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