Fragmento del capítulo 05 Revisitando Colsada.
Madrid no le hizo justicia al rico y caro montaje de la obra, ni al talento, descompensado por el pésimo actor, dedicado a hacer de lobo suelto en el gallinero de una treintena de mujeres. El País no se portó bien, tal como resumía el cinco de noviembre de 1983, un titularcito: “Plumas y tópicos en el estreno de Tania Doris”, catalogando al personaje de Emilio Laguna como“afeminado”, no aportando solvencia en criterio escénico. Sirva el ejemplo del musical La cage aux folles, que ese mismo año rompió barreras en el teatro y abrió los armarios de miles de homosexuales, dando protagonismo a un gran movimiento social. Mientras, se daba por establecido y encasillado el papel de la mujer macizota, tonta o malvada. A ningún crítico teatral, serio, se le ocurriría como digno de señalar: “El cómico bufo y retorcido. La inevitable dama gorda. Público sin ningún entusiasmo. Chicas esbeltas y a veces unánimes. Pasadas muecas de los cómicos. Como colofón, cosificación y cacofonía: público que ‘admiró el admirable’ cuerpo de Tania”. Diríase, con una firma de ese calado intelectual, que ese billete hubiera sido redactado a distancia, con sólo observar las fotos de la cartelera o por resumen telefónico de un enviado.
Pudiera ser cierto que la mano negra influía en la prensa. El género, que ya entonces había sobrepasado los cien años de vida, no daba para experimentos. En lugar de cebarse con la diversidad típica de los personajes recreados por las figuras de cartel, porque el estereotipo de gorda, mariquita, fulana, retorcido y retorcida fue corriente en muchas compañías a lo largo de la historia, un entendido teatral habría acentuado la crítica en la dirección, como en el fútbol. Rafael Richart y la falta de recursos en concepto y texto, demasiado explotados y mareados por obra y gracia de Giménez y García que no eran otros que Colsada y Cuenca. Allén también constaba como autor en todas las versiones modificadas, desde Una reina peligrosa, en el año 1970, donde sí intervino como actor, pero no estuvo presente para aportar adaptación o visión actualizada -recursos le sobraban- pasando por Un reino para Tania y, posteriormente, La pícara reina. Los playbacks, difíciles de colar. Por redundancia en el cobro de derechos y repetitivas escenas, se estaban estancando.
A la Revista le pasaba como al cerdo, que se aprovecha todo. Catorce años en teatro, es una distancia insalvable en términos de humor, moda y gustos. (Doy más detalles de ese proceso en el próximo capítulo).

Por otro lado, hubo en otro periódico, con la firma de M. Diez Crespo, más amabilidad, a juzgar por las frases ofrecidas al lector: “Gran riqueza y gran espectáculo. Tania llena la escena con luz propia, ha vuelto a obtener el éxito que merece. Actor cómico formidable, personalidad para divertir al público, Laguna, con disparatadas expresiones que rayan el surrealismo más pimpante. Divertida andaluza que baila y canta con duende. Formidable atractivo y disciplinado ballet que posee la mayor modernidad. Pintoresca iniciación a la opereta, libreto alegre y de buen gusto”.
Con tan dispares opiniones, en negro sobre blanco, sobre un mismo espectáculo de la marca creada por Colsada, fuera su rumbo acertado o no, tuvimos Tania Doris, artista, trabajadora y constante, reclamando modernizarse y no encasillarse, por muchos más años, en su reino indiscutible, el Apolo de la ciudad Condal.

A pesar de la cancelación y reubicación de la obra Por la calle de Alcalá, debido a la enorme tragedia de la discoteca incendiada, dicha obra triunfó merecidamente en aquella temporada, con música en directo y los coristas cantando, el elenco perfecto, y de las mejores coreografías de Portillo, tengo que decirlo, con más esmero y lucimiento que las realizadas para Colsada. El vestuario y los decorados de diseño eran impecables. Los temas, con la gracia y el valor del tiempo, estaban muy bien traídos a aquella década, sin nada que envidiar a un musical americano. Siendo “la antología”, el público fiel estaba asegurado. Espectáculo hecho para gustar en la capital y que en 1984 se transformaría en Volver al ayer, con alguna canción pertinente para complacer a Barcelona. Ambos con el imprescindible tema “viva-cartagenero” local para la apoteosis final.



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