Fragmento de un capítulo 02 Las noches de Barcelona.
La fauna, tan distinta, era el nutriente principal del éxito. Aquellos iluminados que sufrían y maldecían por llegar a tiempo en un cambio rápido en menos de un minuto, perdiendo una pestaña postiza. Retando a las leyes de la física con tocados aparatosos y bailando con tacones de nueve centímetros o con stilettos, con una hebilla desenganchada o patinando en suelos encerados. Disimulando un roto en el pantalón o un tirante partido, en el peor momento. Improvisando y cubriendo a un compañero si tenía un percance, con una mirada. Aguantando el dolor, llanto, rabia y risa por igual, sin que el público se enterase. Continuar actuando, a capella, contando los pasos, aunque se parase la música. Abandonando el escenario para vomitar y volver como si nada sucediera. El pinchazo inoportuno de un alfiler olvidado en la ropa. Mallas de rejilla para lucir piernas libres de defectos. El ayudar venerablemente a otro artista, con quien no te hablabas o acababas de discutir, durante el pase, como si te fuera la vida en ello, como el lema de los U.S. Marines: “No dejar a nadie detrás”. Las emociones al límite. No tocar, no empujar. Los pequeños dramas personales en el amor y en la muerte, aparcados por el bien del show. Celos verdaderos y envidias inventadas, caldeando el ambiente, aceptando la rivalidad feroz como un mal necesario. Superándose. Preservando cada cual su identidad y sus números distintos, el sello, pues cualquier parecido en “look”, estilismo, frases ocurrentes y canciones, era y es, considerado, más que una copia, un robo. Usando las diferencias personales para cautivar a aquella audiencia, experta en el directo, exigiendo, devorando el más y mejor. No contar -o hacerlo- los segundos de duración de un aplauso, y escuchar un ¡Bravo! para otro compañero. Permanecer hierático o tirarse en brazos de la histeria, ante las bofetadas al ego y las pretendidas curas de humildad, a veces, contraproducentes. Cigarrillos humeantes, desaprovechados, siempre. Vasos dejados a medias, con la bebida descolorida, de hacía cuatro días en los rincones. Dudas del talento propio y críticas sin piedad sobre el ajeno. Decepciones. Lágrimas borradas con las perlas de la transpiración, al pasar la esponja por la cara. Risas falsas de no poder soportar más. Traiciones. No pasa nada. Seguimos. Lo dejo. Me quedo. Hartazgo. Ansia. Pasión. Desdén. Facturas por pagar. Sueños sin cumplir. El contrato de tu vida. La emoción de un número diferente. El último ahorro para un traje nuevo. Esa canción perseguida. Siempre lo mismo.
El paraíso del Music hall. La magia que se creaba con las criaturas escénicas era exótica e imprevisible, surgida a golpe de brocha de maquillaje, inventiva desbordante, imposible de frenar a pesar de los presupuestos limitados; la costura primorosa, unas luces bien puestas, el cenital dramático en su justo momento, el cañón de seguimiento, abriendo o recortando con precisión sobre la figura de un protagonista; la piel reluciente, con unos acertados y estratégicos toques de “escarcha” de color madreperla. Un suspiro y un jadeo estudiado; el silencio y el aplauso, calculados maquiavélicamente para crear una explosión contradictoria en el espectador; sonrisa y ternura; vello de punta, desconcierto, asombro y conmoción. Interpretaciones espléndidas con aquellos vinilos comprados en Londres y París, tesoros con temas que se tenían que grabar, cortar y pegar, escuchar y rebobinar decenas de veces para pulir los empalmes de la cinta magnetofónica… Los instigadores de aquella fantasía infinita que de día pasaban desapercibidos, engullidos por una ciudad inmisericorde con la gente que no se ceñía a la normalidad, de noche tenían nombre y reinos que liderar. Miguel Brass en Valencia, Manuel Castán, Alberto Aurenti y Alfonso Cerón, Gino Minetto y Paco Navarro, Jennifer Lee (porque es de Leeds pero se llama McCrow), Antonio y Marcelo, Dolly Van Doll, Jimmy Ray… en Barcelona y Miguel Ferreres en los cruceros. Y los reinos, las salas Muntaner 4, Barcelona de Noche, Ciro`s, Belle Epoque, Cugat Palace, Caesar’s, El Molino, La Aurora, Cavas Park… O los teatros, encajando en un pase tan perfecto en escena como caótico en la parte de atrás. Aquel showman llamado Joan Gimeno, a quien ya conocía por haber coincidido en la discoteca Tutankhamen de Castelldefels, cuando los dos empezábamos, Víctor Guerrero, Miguel Ángel Jenner, Pierrot, Pirondello, Madame Arthur…; todos, agitadores y perturbadores culturales, maestros de ceremonias, provocadores, transformistas locuaces.
La fauna disfrutaba del placer superior al aplauso, de ser y estar en el escenario. Pura adicción al onanismo, por amor al arte, bajo los focos. Cometía el pecado de amarse soberbiamente y, con ello, recreaba una orgía inacabable en el club exclusivo donde se entraba con la aprobación de algunos para abandonarlo algún día, sin remordimientos, en plenitud y, normalmente, solo.
Éramos nosotros, la nueva generación, los herederos de los trabajadores en la fábrica de la fantasía a consumir por la gente sin sueños, quienes habían hecho de Barcelona un lugar competitivo donde vivir del espectáculo. Y con aquella vitalidad, buscábamos nuestro lugar en los nidos de los veteranos, proporcionándoles un respiro a las personas que necesitaban evadirse durante un par de horas de una existencia igual o tan difícil como la nuestra. Claro que aquello no se enseñaba en ninguna academia. Por supuesto que era un terreno misterioso tendente a la difamación. Sin libre paso para cualquiera. No, el arte no se hizo para encerrarse entre cuatro paredes. El artista, malo, regular y espléndido, a merced de tantos factores y de sí mismo, es un exhibicionista. El espectáculo tenía que ser aprendido, viviéndolo con hambre de vez en cuando, calor en verano y frío en invierno, con fiebre, vendajes, bolsas de hielo, desilusiones y paños calientes. Con sueño. Con libertad. Más corazón salvaje. Menos disciplina castradora. Todo eso era lo único. Más importante que los prejuicios populares, ignorantes, de frivolidad, vagancia y lujuria. Lo vi. Lo viví. Estuve allí y puedo contarlo. Locales, artistas y escenas, tantos, surgiendo de una caja sin fondo de sorpresas. Una caja que se debería haber salvado del futuro naufragio del barco farandulero, una década después.
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… y además una gran escritora de relatos.
Un besazo.
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Muchas gracias, por estrenar mi blog.
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la verdad es que es ameno tu relato, sera una gozada leer el libro entero y recordar tantas cosa que le pasaro a uno
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Gracias por tomarte este interés. Saludos, compañero.
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