De niña decía que sería princesa, escritora y bióloga marina. Me hice bailarina de espectáculo, contra todo pronóstico, pues no era la más graciosa, ni la más mona ni la protagonista de festejo alguno. Siempre, en el colegio y mi madre, me animaron a escribir, aunque no pasé de un digno VI Premio del concurso nacional de Coca-Cola y algún regalito de concurso de redacción en clase.
Y al poco, con sólo 16 años, fui artista de profesión. Con un carnet sindical y permiso paterno expedido en el juzgado, para recorrer los pueblos de Catalunya, en las celebraciones de las Fiestas Mayores con un ballet de moderno surgido de la academia en mi barrio, Sant Martí en Barcelona.
Así comenzó mi elección, que no una opción.
Escribí durante los años 90, en el semanario Salou Setmana y también en El faro de Salou. Eran cortas columnas sin pretensiones, donde vertía infinidad de inquietudes y abordaba temas dispares. Mi agradecimiento a Ramón Lamas y Mª Luisa Molinero, por publicarme.
Esta es la introducción de mi libro. Una declaración de intenciones. Ahora que he vivido todo lo que cuento y no cuento, con la pasión que me caracteriza, ha llegado el momento de plasmar la intensidad de aquel tiempo como hice bailando, actuando, creando, imaginando y dirigiendo fantasías. Escribiendo.

Antes de comenzar el relato, advierto de su absoluta veracidad. Cuento con que el lector se sienta tentado, pero no debería someter mi historia, en primera persona, a su mera interpretación. Aunque comparto la tendencia kantiana de “ver las cosas según como somos y no como son”, idea que popularizó Anaïs Nin, no hay oportunidad para las segundas versiones. Abro mi corazón y libero mis recuerdos, a sabiendas de que escribir es, como refiere Sánchez-Dragó, un acto de samurái. Escribo sin acritud y sin intención de perjudicar a los que aquí se vean retratados o reconocidos. Algunas de las personas acompañantes en un tramo del camino ya no viven y otras son muy ajenas a mi existencia. Constato la gratitud en la descripción, que es sentida y evidente.
No regalo justificación, ni muestro flaqueza en apelar a la responsabilidad de quienes pudieron elegir qué clase de persona y compañero ser. Siempre tenemos la posibilidad de prever el efecto de nuestras acciones. Me mueve el amor a mi profesión. No me baso en cotilleos con los que promover descrédito a este oficio, su historia y sus gentes, aunque de vez en cuando aparezca basura escondida debajo de la alfombra roja. Sucede en cualquier ámbito. Lo que menciono es un punto más en la línea de acontecimientos que completan el dibujo final.
Estoy convencida de la vida que elegí y que me ha permitido toda suerte de intensidad, curiosidades y variedad de emociones. El detalle, un tanto diabólico, reside y resiste en el paso del tiempo que ha puesto en orden todos estos capítulos, aunque no ha conseguido darle sentido a lo que no lo tuvo.
Sin conflicto, no hay conocimiento; sin dificultad, no hay argumento. Es la historia de una superviviente, resilente, con o sin oportunidades, con o sin fama, éxito, comprensión o empatía. El desconcierto y la belleza del caos de una trabajadora del espectáculo. Sin nostalgia.
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